Geriatría: La revolución médica contra el mito de “es por la edad”

“Ya no camina como antes”, “últimamente se le olvidan muchas cosas” o “toma demasiadas medicinas”. Cuántas veces hemos escuchado, o incluso pronunciado, estas frases con una resignación alarmante.

Existe en nuestra sociedad una peligrosa costumbre de atribuir cualquier declive en la salud al simple paso del tiempo. Sin embargo, despachar estas señales de alerta bajo la excusa de que “es normal por la edad” no solo es un error, sino una omisión que arrebata calidad de vida.

Es aquí donde la Geriatría emerge no solo como una especialidad médica, sino como un acto de justicia y dignidad hacia las personas mayores.

La Geriatría no se trata de administrar la vejez ni de conformarse con el deterioro; su verdadero poder radica en la prevención, en conservar la independencia y en ver al paciente de forma integral. Mientras la medicina tradicional a menudo fragmenta a la persona en múltiples diagnósticos, el geriatra unifica, evalúa y rescata la autonomía que otras prácticas dan por perdida.

Si analizamos las razones para acudir a un geriatra, la urgencia de esta disciplina se vuelve incuestionable. Tomemos como ejemplo la polifarmacia. Es trágicamente común que nuestros adultos mayores se conviertan en un cóctel de recetas médicas donde los fármacos se duplican, chocan entre sí y provocan mareos, confusión o letargo.

La Geriatría actúa como un filtro vital: depura, ajusta y exige que cada medicamento sea verdaderamente seguro y necesario, eliminando lo que hace más daño que bien.
Asimismo, la Geriatría nos enseña a no normalizar lo inaceptable.

Tropezar repetidamente o perder el equilibrio no es un destino ineludible del envejecimiento; es un rompecabezas clínico que el geriatra resuelve evaluando la pérdida de fuerza, la visión o los efectos secundarios de los medicamentos, salvando así al paciente de fracturas fatales.

De la misma manera, esta especialidad nos exige dejar de ignorar los olvidos o los cambios bruscos de conducta. Alteraciones en la memoria, el sueño o el carácter no son “cosas de viejos”; son gritos de auxilio del cuerpo que pueden indicar desde depresión y fallos metabólicos, hasta un deterioro cognitivo temprano que, detectado a tiempo por un experto, cambia radicalmente el pronóstico.

Incluso la pérdida silenciosa de peso, fuerza o apetito encuentra su freno en el consultorio geriátrico. Lo que el ojo inexperto justifica diciendo que “ya come menos por la edad”, la Geriatría lo identifica como desnutrición y fragilidad, actuando de inmediato para evitar hospitalizaciones e infecciones graves.

Pero el mayor triunfo de la Geriatría es su apuesta por la vida activa. El error más grande que podemos cometer es esperar a que estalle una crisis o aparezca una enfermedad postrante para buscar a este especialista. Una valoración geriátrica a tiempo es un mapa de ruta diseñado a la medida para anticiparse a las complicaciones, evaluar el entorno y garantizar que la persona siga siendo dueña de su cotidianidad.

Envejecer no es una enfermedad, es una etapa de la vida que exige un cuidado especializado. La Geriatría es la herramienta médica que nos permite tomar decisiones oportunas y vivir este periodo con absoluta seguridad y soberanía.

Ya es hora de desterrar de nuestro vocabulario la conformista excusa de “es por la edad” y darle a la valoración geriátrica el lugar prioritario que merece. No esperemos a que el deterioro avance; apostar por la Geriatría es el mejor acto de respeto, amor y cuidado que podemos ejercer.

Dra. Paola Lizeth Quiñonez Valenzuela
Especialista en Geriatría
Valoración integral y atención médica de personas mayores

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Redacción
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